La Sombra

Tengo recuerdos muy vívidos de mi infancia, a pesar de que ésta nunca fue muy interesante.

Sí tenía mi grupo de amigos con los cuales me juntaba todos los días, pero en general nunca fuimos del tipo de niños como los que vemos en las películas o en las series de televisión. Nunca nos enfrentamos a un payaso diabólico, nunca fuimos en busca de un cadáver o un tesoro escondido, nunca nos encontramos a una niña con súper poderes y nunca destruimos el Ferrari del padre de alguno de nosotros.

Sin embargo, hubo una ocasión en que sí nos sentimos como en una aventura de esas. Cuando íbamos en segundo de secundaria, los miércoles mis amigos y yo pedíamos permiso a nuestros papás de vernos en un parque que estaba a unas cuadras de la escuela. A pesar de que ya nos habíamos visto todo el día, era algo que esperábamos con muchas ansias porque podíamos jugar, platicar y divertirnos sin las restricciones que a veces tenemos en la escuela.

Estábamos los cuatro caminando hacia el parque cuando de repente Daniel nos detuvo a todos, señalando hacia enfrente, hacia algo que nadie más podía ver.

“…nunca fuimos del tipo de niños como los que vemos en las películas o en las series de televisión”.

“¿Pueden ver eso?”, dijo Daniel, con un tono que denotaba miedo y asombro al mismo tiempo.

“¿De qué estás hablando?”, contestó Miguel, tratando de identificar qué es lo que tenía a Daniel tan consternado.

“¡Eso!”, repitió Daniel molesto de que nadie más se daba cuenta de lo que él estaba viendo.

En el momento en que dijo eso, yo también comencé a ver algo a lo lejos: una enorme sombra moviéndose de manera extraña, como zigzagueando de un lado para el otro. Dichos movimientos hacían que fuera difícil verlo.

“Creo que yo también lo veo”, le dije.

“¡Gracias, Guille! ¡Sé que no estoy loco!”, respondió Daniel.

“Honestamente, yo tampoco veo…”, empezó a decir Lucas, pero se detuvo repentinamente. Miró fijo hacia el frente. “Sí, sí, ahora yo también lo puedo ver”.

“En eso, toda la mentalidad de “Todo es un chiste” que él tenía en ese momento desapareció…”

La sombra seguía con su zigzag. Estaba conformada por extrañas partículas individuales, pero se movían todas para el mismo lado todo el tiempo. Por un buen rato, se mantuvieron lejos de nosotros.

“Creo que ya vi a lo que se refieren”, dijo Miguel. “¿Pero qué tiene? ¿Por qué le tienen tanto miedo?”.

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Ilustración por @rodrigo_297

Miguel empezó a caminar hacia la sombra, con los brazos levantados.

“¡Voy hacia ti, sombra rara!”, gritó y después empezó a correr, aún con los brazos arriba. A pesar de tener miedo, nos reímos un poco, ya que Miguel siempre fue el más chistoso del grupo. En el salón, había veces en que hasta al profesor hacía reír con las cosas que se le ocurrían.

Seguía corriendo a toda velocidad hacia la sombra, la cual detuvo su zigzag en medio de la calle y empezó a acercarse hacia Miguel. En eso, toda la mentalidad de “Todo es un chiste” que él tenía en ese momento desapareció y se quedó completamente congelado, viendo como la sombra se aproximaba a él cada vez más.

Lucas, Daniel y yo corrimos hacia él, para tratar de hacerlo reaccionar. Ahora que estábamos más cerca de la sombra, se podía escuchar que hacía un extraño ruido, como un zumbido. Los tres nos dimos cuenta que no íbamos a poder hacer reaccionar a Miguel antes de que la sombra nos atrapara, entonces sólo dimos un salto y lo tacleamos al suelo.

La sombra pasó volando justo encima de nosotros, el zumbido extremadamente estruendoso. Logré voltear para arriba justo en ese momento y me di cuenta de que eso no era una sombra, si no algo mucho más terrorífico: era un montón de avispas que, por alguna razón, se había agrupado.

“¡Miguel, hiciste enojar a un grupo de avispas!”, le grité. “¡Tenemos que correr!”

Nos levantamos de inmediato y empezamos a correr. No sabíamos a dónde, pero es la vez que más rápido habíamos corrido en nuestras vidas.

“¿A dónde vamos?”, gritó Lucas, desesperado.

“¡No sé! ¡Lejos!”, le contesté.

“¡Tengo una idea!”, nos dijo Daniel. “¡Síganme!”

El zumbido de las avispas se escuchaba cada vez más fuerte. Honestamente, no tenía idea de qué pasaría si nos alcanzaran. Que yo supiera, ninguno de nosotros era alérgico a los piquetes de insecto, pero por la cantidad de avispas que eran… vaya, no sabía si fueran las suficientes como para morir.

“…todo se movía extremadamente despacio en el momento en que estábamos en el aire”.

“¡Por aquí!”, seguía gritando Daniel. Nos llevó a una fuente que había a unos pasos de su casa. En cuanto la vi, sabía cuál era su plan: era lo bastante profunda como para que los cuatro pudiéramos sumergirnos y evitar a las avispas.

Una vez que todos vimos la fuente, empezamos a dejar nuestras cosas tiradas en el suelo: nos quitamos nuestras mochilas, nuestras chamarras, nuestras gorras, todo lo que tuviéramos encima, sin llegar al punto de quedar desnudos.

Las avispas estaban justo detrás de nosotros cuando los cuatro saltamos a la fuente al mismo tiempo. Sentía que todo se movía extremadamente despacio en el momento en que estábamos en el aire. A pesar de estar en peligro de quedar completamente lesionado por las múltiples picaduras de avispa, me di cuenta en ese momento de que no cambiaría ese momento en el cual estaba con mis tres mejores amigos por nada.

Efectivamente, al sumergirnos al agua pudimos salvarnos de lo que en ese momento parecía una muerte segura, pero que hasta la fecha lo recordamos con grandes sonrisas y escandalosas carcajadas.

“Honestamente”, dije yo en la más reciente reunión que tuvimos Daniel, Lucas, Miguel y yo, al terminar de reírnos, “no le pedimos nada a los malditos Goonies”.

Escrito por @Ordorica96